domingo, 26 de octubre de 2014
De la vida y los largos caminos
De la vida y los largos caminos
Complicada semana he tenido pues tomé consciencia de que pronto concluiré mis estudios.
A cualquier persona esta noticia le generaría gozo. Alegría. Alivio.
Pero a mí- mujer adicta al drama- no me causa mas que angustia.
Estudio desde que tengo 5 años. Y ahora que tengo 37 voy a dejar de hacerlo. Y eso me da mucho miedo. Mucho.
He de confesar lo siguiente: nunca he sido buena estudiante. Soy terriblemente haragana, extremadamente dispersa y una procrastinadora cuasi profesional.
Y no lo disfruto tampoco. Sacar un cien y ganarme la estrellita en la frente no me emociona para nada. No creo que las calificaciones sean reflejo del conocimiento adquirido. Jamás me interesó ser la abanderada. Eso de ser "excelente" no es para mí.
Y, entonces, ¿por qué la angustia?
Fue hasta esta semana que comprendí la causa de mi tormento: es la estructura que me da el estudio la que me ha permitido medir mis logros. Algo así como que el software de mi vida se actualizara por semestres.
Primer día de clases con ese delicioso olor a plástico de forrar y punta de crayón recién afilada, calificaciones y su respectivo jalón de orejas, vacaciones de medio año, actualización semestral, inicio del segundo ciclo con sentencias parentales incluídas, retrasadas (gracias a Dios por las segundas oportunidades) y fin de curso. Año aprobado.
Y esa estructura continúa a un ritmo casi cadencioso: entrar a Primero,aprobar. Luego a Segundo, aprobar...Sexto y ya la primaria. La graduación de bachiller. Primer semestre, octavo semestre, la toga y así, hasta hoy que se me acaba el camino. ¿Y qué hacer?
Dejar la estructura me poner nerviosa. ¿Cómo mediré mi avance ahora? ¿Cómo sabré si estoy en mejor o peor condición que hace unos meses?¿Y que hace un año?
La incertidumbre me mata.
Recuerdo como que fuera ayer el día que ví el último capítulo de El Correcaminos, ese en donde el ave decide dejar de huir y enfrenta a su victimario.
Solamente necesitó un minuto: se detuvo, se dió la vuelta y vio al coyote directamente a los ojos.
"Y ahora qué?" dijo el coyote, asustado. Pues nada, solo que la larguísima carrera había terminado. Las trampas y trucos no funcionarían mas. El sentido de vida se le había terminado y hoy lo confrontaba exigiendo un ajuste. El final había llegado. Y, porque la dosis de drama es siempre necesaria, recuerdo ver cómo ambos animales caminaron tranquilamente juntos hacia el atardecer. Era el final del camino. Ya decidirían qué hacer con su vida.
Mientras tanto, entiendo que es justamente eso lo que me toca hacer a mí. No mas carreras. No mas trampas. Beep beep.
domingo, 19 de octubre de 2014
De la esperanza y otros males necesarios
De la esperanza y otros males necesarios
Por Ximena Fuentes
Psicóloga
"Lo peor de todo, es que el hombre ese sigue dándome esperanzas"- lloraba Sonia mientras removía nerviosamente su café. "Me mira con esos ojos y me llena la cabeza de esperanzas". Esperanzas. Esta era su principal queja después de veinte años de relación sin futuro con un hombre que no le daba mas que eso.
Y yo la entiendo. Alguna vez encontré unos ojos como esos. Ojos (como ningunos otros en el mundo) que despiertan en mi ese mismo sentimiento. Ojos que son mi fuente de eterna esperanza.
Cuenta la antigua leyenda que Pandora abrió la caja que contenía todos los males que asuelan al mundo. Y que de todos los males, el peor era la esperanza.
Así es. La esperanza. Y aunque Pandora logró cerrar la caja antes de que esta se escapara (y seguro es por eso que dicen que la esperanza es lo último que se pierde), la verdadera pregunta es: ¿por qué estaba la esperanza dentro de la caja de Pandora? ¿Acaso es la esperanza el peor de los males?
Y sin duda lo es. Un mal mal. El más silencioso y solapado, el mejor disfrazado y el último en perderse.
La esperanza es mitad miedo, mitad paz. Mitad anhelo, mitad derrota.
"Hoy no, pero cualquier día de estos. Pronto, no desespere. En algún momento. No claudique, mañana podría ser el día". Y así, hasta el final de los tiempos.
Necio sentimiento que no nos permite tomar decisiones.
Insensato deseo que nos deja con las manos atadas. Fe con martirio. Incertidumbre paralizadora. Anhelo con derrota. Sueño sin certeza. Inútil placebo.
Y esos ojos. Ojos de esperanza. Ojos de "hoy no, pero mañana". Ojos que no mueren ni dejan morir.
"Sonia, seguro ese hombre de los ojos le daba esperanza porque no tenía nada mas que darle."-susurro mientras remuevo nerviosamente mi café y pienso en esos ojos (como ningunos otros en el mundo) que me han dado, dan y darán tanta esperanza a mi.
Por Ximena Fuentes
Psicóloga
"Lo peor de todo, es que el hombre ese sigue dándome esperanzas"- lloraba Sonia mientras removía nerviosamente su café. "Me mira con esos ojos y me llena la cabeza de esperanzas". Esperanzas. Esta era su principal queja después de veinte años de relación sin futuro con un hombre que no le daba mas que eso.
Y yo la entiendo. Alguna vez encontré unos ojos como esos. Ojos (como ningunos otros en el mundo) que despiertan en mi ese mismo sentimiento. Ojos que son mi fuente de eterna esperanza.
Cuenta la antigua leyenda que Pandora abrió la caja que contenía todos los males que asuelan al mundo. Y que de todos los males, el peor era la esperanza.
Así es. La esperanza. Y aunque Pandora logró cerrar la caja antes de que esta se escapara (y seguro es por eso que dicen que la esperanza es lo último que se pierde), la verdadera pregunta es: ¿por qué estaba la esperanza dentro de la caja de Pandora? ¿Acaso es la esperanza el peor de los males?
Y sin duda lo es. Un mal mal. El más silencioso y solapado, el mejor disfrazado y el último en perderse.
La esperanza es mitad miedo, mitad paz. Mitad anhelo, mitad derrota.
"Hoy no, pero cualquier día de estos. Pronto, no desespere. En algún momento. No claudique, mañana podría ser el día". Y así, hasta el final de los tiempos.
Necio sentimiento que no nos permite tomar decisiones.
Insensato deseo que nos deja con las manos atadas. Fe con martirio. Incertidumbre paralizadora. Anhelo con derrota. Sueño sin certeza. Inútil placebo.
Y esos ojos. Ojos de esperanza. Ojos de "hoy no, pero mañana". Ojos que no mueren ni dejan morir.
"Sonia, seguro ese hombre de los ojos le daba esperanza porque no tenía nada mas que darle."-susurro mientras remuevo nerviosamente mi café y pienso en esos ojos (como ningunos otros en el mundo) que me han dado, dan y darán tanta esperanza a mi.
sábado, 11 de octubre de 2014
Los malos amores y el esperado olvido. Solo la lluvia nos lo dirá.
Los malos amores. Ni la controversial Lady Gaga se ha salvado de ellos. Y digo malos pues, evidentemente, algo ha ido mal y han terminado y no guardamos mas que la agridulce experiencia de su paso por nuestra vida. Eso y un par de recuerdos. Malos amores.
Y escribo esto pensando en uno de mis pacientes a quien cariñosamente llamo "El Profe", quien dice tener solo dos pasiones: la docencia y su ex.
Su ex a quien amó y luego abandonó y hoy atesora. Tormentoso, apasionado, imposible, lejano. Un mal amor. Un mal amor que persiste en su mente y corazón.
"Hay días buenos y hay días terribles. Días en los que es grato pensarla por ratitos y días en los que se convierte en obsesión eso de extrañarla. Días de paz y días de ahogo. Y si el olvido es tan complicado, así de ir y venir, ¿cómo voy a saber si salí ya de esto, lic?"-pregunta con ojos desesperanzados.
Honestamente no sé qué responder y lo hago con efímeras conjeturas. ¿Cómo saber si hemos salido ya de un mal amor? Ni idea.
Ha de ser cuando dejamos de extrañar a la persona todo el día y dejamos de buscar cualquier excusa para hablarle. Nada de "buenos días" o de "sueñe con los angelitos" antes de ir a dormir. Cuando dejamos de obsesionarnos con lo que estará haciendo y anhelando. Y, específicamente, si estará pensando en nosotros tanto como nosotros pensamos en ella.
Será cuando ya no los incluimos en nuestras oraciones y cada lugar al que alguna vez asistimos juntos se convierte en un espacio neutral. Cuando ya no escuchamos ese playlist secreto que guardamos en su honor. Cuando dejamos de tirar besos al aire si es que, de casualidad, pasamos frente a su oficina. Cuando dejamos de mencionar su nombre en todas y cada una de las conversaciones.
Cuando nos olvidamos de revisar el teléfono cada tanto con el único fin de descartar la lejana probabilidad de una llamada.
Cuando las demandas emocionales disminuyen hasta extinguirse.
Cuando las conversaciones imaginarias se hacen mas esporádicas y los reproches innecesarios. Cuando otras personas dejan de preguntar.
Será que el olvido llega en el momento en el que podemos reunirnos con amigos un viernes cualquiera y compartir nuestra historia y reír a carcajadas.
Será que salimos de un mal amor cuando somos capaces de hacer un balance general de emociones y comprendemos que las lágrimas sufridas valen las lecciones aprendidas. Y luego agradecemos la experiencia. Fin.
"Observando estos objetivos indicadores, así es que sabremos con certeza cuasi científica que hemos salido de un mal amor" me imaginé respondiéndole al Profe con voz convencida aunque sepa yo que esto no es mas que una mentira.
Mentira porque la verdad nos la dirá la lluvia.
Sí, la lluvia.
Y es que si en una tarde de lluvia nos descubrimos pensando, queriendo y recordando sabremos que estamos perdidos. Que no hemos salido de ese amor. De ese mal mal amor.
Y escribo esto pensando en uno de mis pacientes a quien cariñosamente llamo "El Profe", quien dice tener solo dos pasiones: la docencia y su ex.
Su ex a quien amó y luego abandonó y hoy atesora. Tormentoso, apasionado, imposible, lejano. Un mal amor. Un mal amor que persiste en su mente y corazón.
"Hay días buenos y hay días terribles. Días en los que es grato pensarla por ratitos y días en los que se convierte en obsesión eso de extrañarla. Días de paz y días de ahogo. Y si el olvido es tan complicado, así de ir y venir, ¿cómo voy a saber si salí ya de esto, lic?"-pregunta con ojos desesperanzados.
Honestamente no sé qué responder y lo hago con efímeras conjeturas. ¿Cómo saber si hemos salido ya de un mal amor? Ni idea.
Ha de ser cuando dejamos de extrañar a la persona todo el día y dejamos de buscar cualquier excusa para hablarle. Nada de "buenos días" o de "sueñe con los angelitos" antes de ir a dormir. Cuando dejamos de obsesionarnos con lo que estará haciendo y anhelando. Y, específicamente, si estará pensando en nosotros tanto como nosotros pensamos en ella.
Será cuando ya no los incluimos en nuestras oraciones y cada lugar al que alguna vez asistimos juntos se convierte en un espacio neutral. Cuando ya no escuchamos ese playlist secreto que guardamos en su honor. Cuando dejamos de tirar besos al aire si es que, de casualidad, pasamos frente a su oficina. Cuando dejamos de mencionar su nombre en todas y cada una de las conversaciones.
Cuando nos olvidamos de revisar el teléfono cada tanto con el único fin de descartar la lejana probabilidad de una llamada.
Cuando las demandas emocionales disminuyen hasta extinguirse.
Cuando las conversaciones imaginarias se hacen mas esporádicas y los reproches innecesarios. Cuando otras personas dejan de preguntar.
Será que el olvido llega en el momento en el que podemos reunirnos con amigos un viernes cualquiera y compartir nuestra historia y reír a carcajadas.
Será que salimos de un mal amor cuando somos capaces de hacer un balance general de emociones y comprendemos que las lágrimas sufridas valen las lecciones aprendidas. Y luego agradecemos la experiencia. Fin.
"Observando estos objetivos indicadores, así es que sabremos con certeza cuasi científica que hemos salido de un mal amor" me imaginé respondiéndole al Profe con voz convencida aunque sepa yo que esto no es mas que una mentira.
Mentira porque la verdad nos la dirá la lluvia.
Sí, la lluvia.
Y es que si en una tarde de lluvia nos descubrimos pensando, queriendo y recordando sabremos que estamos perdidos. Que no hemos salido de ese amor. De ese mal mal amor.
domingo, 5 de octubre de 2014
De poeta y loco todos tenemos un poco. Una historia escrita con anhelos y palabras
De poeta y loco todos tenemos un poco
Una historia escrita con anhelos y palabras
De niña fui aquella que siempre se sintió atraída hacia las artes.
Tan atraída que (después de desistir de una fructífera carrera como empacadora de regalos en Cemaco) decidió imaginar que sería una escritora famosa.
Empecé mi vida "independiente" y el camino hacia mis propios sueños en el momento en el que mi madre (con ojos llorosos ella, siempre protectora) me dejó en el colegio.
Y yo, con firme paso me acomodé los anteojos, agarré fuerte mi lonchera de Strawberry Shortcake y enfilé al Primer grado de Primaria. Fue justamente en ese año que aprendí a escribir y me apropié de mis esperanzas y anhelos.
Lo recuerdo como que hubiera sido ayer. Anteojos, lonchera y trenzas. Y es que fue justamente ese día en el que Ximenita, la nena a la que nunca le gustó jugar de casita y que siempre detestó los deportes, encontró el anhelo de su corazón: las palabras.
Con el pasar de los años, la vida me sucedió. Treinta años de estudios, amores, maternidades, errores y obligaciones han pasado desde entonces. Toda una vida que, al parecer, me había alejado de mi propósito con las palabras.
Y me pasó muchas veces: me sentí apartada de mi camino. Y sufrí, me rebelé, me reproché el fracaso. Sentí que, sin vivir mi anhelo, había perdido la dirección y el sentido.
Durante ese tiempo cometí muchísimos errores. Unos mas tontos y mas desconsiderados que otros. Y, como era de esperarse, cada error trajo sus lecciones.
Durante treinta años, el destino me había llevado de la consejería al comercio a la fotografía a la docencia. Todas ellas actividades muy gratificantes (e inclusive lucrativas) y, sin embargo, no eran lo que yo había soñado para mi vida.
Muchas veces sentí que estas actividades y aventuras me habían distraído de mi llamado verdadero. Frustrante.
Pero hoy lo entiendo, nunca perdí el rumbo. Han sido estas frustraciones y sus enseñanzas las me han llevado justo al lugar en donde debo estar y donde este mes de septiembre me encuentra: escribiendo el guión de mi vida. Y lo escribo con cada decisión que tomo. Con cada derrota. Con cada paso que doy.
Hoy puedo decir que he cumplido mi anhelo pues son las palabras las que me hacen lo que soy: una mujer con el corazón roto, pero con la ilusión intacta. Una eterna nena de anteojos, lonchera y trenzas que sonríe contando esta historia.
Una historia escrita con anhelos y palabras
De niña fui aquella que siempre se sintió atraída hacia las artes.
Tan atraída que (después de desistir de una fructífera carrera como empacadora de regalos en Cemaco) decidió imaginar que sería una escritora famosa.
Empecé mi vida "independiente" y el camino hacia mis propios sueños en el momento en el que mi madre (con ojos llorosos ella, siempre protectora) me dejó en el colegio.
Y yo, con firme paso me acomodé los anteojos, agarré fuerte mi lonchera de Strawberry Shortcake y enfilé al Primer grado de Primaria. Fue justamente en ese año que aprendí a escribir y me apropié de mis esperanzas y anhelos.
Lo recuerdo como que hubiera sido ayer. Anteojos, lonchera y trenzas. Y es que fue justamente ese día en el que Ximenita, la nena a la que nunca le gustó jugar de casita y que siempre detestó los deportes, encontró el anhelo de su corazón: las palabras.
Con el pasar de los años, la vida me sucedió. Treinta años de estudios, amores, maternidades, errores y obligaciones han pasado desde entonces. Toda una vida que, al parecer, me había alejado de mi propósito con las palabras.
Y me pasó muchas veces: me sentí apartada de mi camino. Y sufrí, me rebelé, me reproché el fracaso. Sentí que, sin vivir mi anhelo, había perdido la dirección y el sentido.
Durante ese tiempo cometí muchísimos errores. Unos mas tontos y mas desconsiderados que otros. Y, como era de esperarse, cada error trajo sus lecciones.
Durante treinta años, el destino me había llevado de la consejería al comercio a la fotografía a la docencia. Todas ellas actividades muy gratificantes (e inclusive lucrativas) y, sin embargo, no eran lo que yo había soñado para mi vida.
Muchas veces sentí que estas actividades y aventuras me habían distraído de mi llamado verdadero. Frustrante.
Pero hoy lo entiendo, nunca perdí el rumbo. Han sido estas frustraciones y sus enseñanzas las me han llevado justo al lugar en donde debo estar y donde este mes de septiembre me encuentra: escribiendo el guión de mi vida. Y lo escribo con cada decisión que tomo. Con cada derrota. Con cada paso que doy.
Hoy puedo decir que he cumplido mi anhelo pues son las palabras las que me hacen lo que soy: una mujer con el corazón roto, pero con la ilusión intacta. Una eterna nena de anteojos, lonchera y trenzas que sonríe contando esta historia.
domingo, 21 de septiembre de 2014
Maléfica: ser mala por fuera y buena por dentro
Se preparó por semanas. El traje y los cuernos. Los ensayos.
Enorme expectativa y hasta invitaciones. Y al fin se llegó el tan esperado día: la presentación de Expresión Artística del Segundo grado de Primaria con la obra "La Bella Durmiente". Ella representaba el papel mas interesante de todos: la maléfica.
Intuí su genialidad artística cuando la escuché practicar la carcajada sonora que nos caracteriza a los villanos. Sencillamente genial.
La cita era para un jueves por la tarde, un jueves de horario particularmente complicado. Traté de organizar compromisos, cancelé sesiones, hice cálculos mentales de kilómetros y minutos con el afán de cumplir. Cargué la cámara de fotos y mandé un mensaje a su mamá: "Amiga, voy en camino. Guardame lugar". Pasé por unas flores moradas para congratular a la malvada villana (y confieso que nunca antes había hecho esto por otra mujer, pero es que esta nena es una dama). Y, corriendo con prisa frenética, tomé rumbo.
Caos vial. Llovizna. Malos cálculos."Ya se terminó, amiga, pero llegate a la casa. Te esperamos con pizza"-leía el mensaje que me encontró convertida en una mujer severamente frustrada a un lado de la Calzada Roosevelt luchando contra un mar de carros estancados y con los ojos llorosos.
"Le fallé", pensé mientras recordaba el día en el que esta genial niña ablandó mi corazón de villana. Fue hace algunos meses. Me llamó por teléfono para pedirme que fuera su madrina."Estás segura de que voy a hacer un buen trabajo? Creés vos que voy a ser un buen ejemplo?"-"Sip"- con demasiada seguridad para tener solo 7 años-."Démosle, pues" (con lágrimas en los ojos pero sin perder la compostura). Y justamente pensé en esa frase mientras cruzaba al Periférico. "No estoy haciendo bien mi trabajo. Me lo perdí, soy un mal ejemplo y un mal ser humano".
Llegué a su casa y me recibió con el disfraz aun puesto: "Que bueno que veniste". Sonreí avergonzada. "Perdoná lo tarde..." justificación que se vio interrumpida por el abrazo mas cariñoso y genuino del mundo.
Mientras me abrazaba entendí: es ella quien está dándome un buen ejemplo a mí. Era yo quien debía aprender. Y ese jueves por la tarde llegué a recibir la lección mas importante de todas: el verdadero amor es incondicional.
A pesar de mis fallas y miles de defectos, ella me recibió con amor genuino, cuernos negros y ojos brillantes: "Pasá, Ximena. Vamos a pedir una pizza".
La villana disfrazada me mostró su corazón puro, sin rencores ni vinagres. Un corazón perdonador que sonríe, agradece y abraza a pesar de las decepciones. Lección agradecida.
Me dedicó una de esas miradas que solo las villanas disfrazadas conocemos mientras le daba la primer mordida a su pizza. Se la devolví con gusto.
Y es que son esas miradas las que nos delatan tal y como somos: malas por fuera, buenas por dentro.
"Tomémonos una foto, pues. Poné cara de Maléfica!" Pero no pudo, y es que el corazón se le sale por los ojos. (Y a la prueba me remito).
P.D. Ayer fue el cumpleaños número 8 de esta princesa. Felicidades, Sofi.
Enorme expectativa y hasta invitaciones. Y al fin se llegó el tan esperado día: la presentación de Expresión Artística del Segundo grado de Primaria con la obra "La Bella Durmiente". Ella representaba el papel mas interesante de todos: la maléfica.
Intuí su genialidad artística cuando la escuché practicar la carcajada sonora que nos caracteriza a los villanos. Sencillamente genial.
La cita era para un jueves por la tarde, un jueves de horario particularmente complicado. Traté de organizar compromisos, cancelé sesiones, hice cálculos mentales de kilómetros y minutos con el afán de cumplir. Cargué la cámara de fotos y mandé un mensaje a su mamá: "Amiga, voy en camino. Guardame lugar". Pasé por unas flores moradas para congratular a la malvada villana (y confieso que nunca antes había hecho esto por otra mujer, pero es que esta nena es una dama). Y, corriendo con prisa frenética, tomé rumbo.
Caos vial. Llovizna. Malos cálculos."Ya se terminó, amiga, pero llegate a la casa. Te esperamos con pizza"-leía el mensaje que me encontró convertida en una mujer severamente frustrada a un lado de la Calzada Roosevelt luchando contra un mar de carros estancados y con los ojos llorosos.
"Le fallé", pensé mientras recordaba el día en el que esta genial niña ablandó mi corazón de villana. Fue hace algunos meses. Me llamó por teléfono para pedirme que fuera su madrina."Estás segura de que voy a hacer un buen trabajo? Creés vos que voy a ser un buen ejemplo?"-"Sip"- con demasiada seguridad para tener solo 7 años-."Démosle, pues" (con lágrimas en los ojos pero sin perder la compostura). Y justamente pensé en esa frase mientras cruzaba al Periférico. "No estoy haciendo bien mi trabajo. Me lo perdí, soy un mal ejemplo y un mal ser humano".
Llegué a su casa y me recibió con el disfraz aun puesto: "Que bueno que veniste". Sonreí avergonzada. "Perdoná lo tarde..." justificación que se vio interrumpida por el abrazo mas cariñoso y genuino del mundo.
Mientras me abrazaba entendí: es ella quien está dándome un buen ejemplo a mí. Era yo quien debía aprender. Y ese jueves por la tarde llegué a recibir la lección mas importante de todas: el verdadero amor es incondicional.
A pesar de mis fallas y miles de defectos, ella me recibió con amor genuino, cuernos negros y ojos brillantes: "Pasá, Ximena. Vamos a pedir una pizza".
La villana disfrazada me mostró su corazón puro, sin rencores ni vinagres. Un corazón perdonador que sonríe, agradece y abraza a pesar de las decepciones. Lección agradecida.
Me dedicó una de esas miradas que solo las villanas disfrazadas conocemos mientras le daba la primer mordida a su pizza. Se la devolví con gusto.
Y es que son esas miradas las que nos delatan tal y como somos: malas por fuera, buenas por dentro.
"Tomémonos una foto, pues. Poné cara de Maléfica!" Pero no pudo, y es que el corazón se le sale por los ojos. (Y a la prueba me remito).
P.D. Ayer fue el cumpleaños número 8 de esta princesa. Felicidades, Sofi.
domingo, 14 de septiembre de 2014
Tradiciones y estereotipos: lo que los padres heredamos a nuestros hijos
Nuestros hijos. Nos esforzamos día a día por darles un futuro mejor y entendemos que en este esfuerzo se encuentran condensados la responsabilidad y el orgullo que implica el ser padres. Personalmente, he de decir que la herencia que quiero dejar a mis hijos se resume en proporcionarles la mejor educación que mis circunstancias me permitan. La habilidad de enfrentar la adversidad y convertirla en oportunidad.Y, de ser posible, unos cuantos quetzales bien ganados. Esto y una que otra tradición.
Una que otra, digo, pues hay algunas que preferiría no dejarles.
Me pasa todos los años durante estas fechas. No comprendo las razones de ciertas tradiciones con las que celebramos las fiestas patrias. Confieso que no le encuentro mucho sentido a las antorchas y los desfiles. Pero, personalmente, detesto la vergonzosa costumbre de disfrazar a los niños "de indito" para que vendan en el "mercadito". Y me molesta aun mas que sean los centros educativos quienes promuevan esta costumbre.
Reflexionemos un poco y consideremos lo siguiente: ¿qué valor estamos perpetuando con esta práctica? ¿Qué riqueza cultural le significa este estereotipo al país? ¿Qué le estamos enseñando a nuestros hijos por medio de esta tradición?
El hecho de que nosotros, padres de familia e instituciones educativas, no comprendamos el racismo del acto es precisamente la muestra mas clara de que somos un país racista desde la raíz.
Y no solo se trata de "disfrazar" a nuestros hijos de una etnia que no les corresponde. Ser indígena no es algo de lo que haya que disfrazarse. Pero creo que lo peor de todo no es el estereotipo que esta tradición implica. Lo peor es que a los niños, nuestros hijos, se les dice que esto es ser patriota. Y eso es lamentable.
Los padres somos responsables de inculcar y transmitir valores a nuestros hijos. Es por esta razón, y en celebración a la independencia, que los invito a reflexionar sobre esta tradición y evaluar su postura. Esta es mi forma de celebrar las fiestas patrias y construir un mejor país para mi y para mis hijos.
Reflexionemos sobre las tradiciones que heredamos a nuestras futuras generaciones. Ejerzamos nuestro derecho a cuestionar lo que siempre ha sido y a dejar atrás tradiciones racistas. Ejerzamos la libertad de criterio, que tanta falta nos hace para construir un mejor país.
Libertad, criterio y patria. Esta sí que es una herencia digna de celebración.
Feliz independencia.
Una que otra, digo, pues hay algunas que preferiría no dejarles.
Me pasa todos los años durante estas fechas. No comprendo las razones de ciertas tradiciones con las que celebramos las fiestas patrias. Confieso que no le encuentro mucho sentido a las antorchas y los desfiles. Pero, personalmente, detesto la vergonzosa costumbre de disfrazar a los niños "de indito" para que vendan en el "mercadito". Y me molesta aun mas que sean los centros educativos quienes promuevan esta costumbre.
Reflexionemos un poco y consideremos lo siguiente: ¿qué valor estamos perpetuando con esta práctica? ¿Qué riqueza cultural le significa este estereotipo al país? ¿Qué le estamos enseñando a nuestros hijos por medio de esta tradición?
El hecho de que nosotros, padres de familia e instituciones educativas, no comprendamos el racismo del acto es precisamente la muestra mas clara de que somos un país racista desde la raíz.
Y no solo se trata de "disfrazar" a nuestros hijos de una etnia que no les corresponde. Ser indígena no es algo de lo que haya que disfrazarse. Pero creo que lo peor de todo no es el estereotipo que esta tradición implica. Lo peor es que a los niños, nuestros hijos, se les dice que esto es ser patriota. Y eso es lamentable.
Los padres somos responsables de inculcar y transmitir valores a nuestros hijos. Es por esta razón, y en celebración a la independencia, que los invito a reflexionar sobre esta tradición y evaluar su postura. Esta es mi forma de celebrar las fiestas patrias y construir un mejor país para mi y para mis hijos.
Reflexionemos sobre las tradiciones que heredamos a nuestras futuras generaciones. Ejerzamos nuestro derecho a cuestionar lo que siempre ha sido y a dejar atrás tradiciones racistas. Ejerzamos la libertad de criterio, que tanta falta nos hace para construir un mejor país.
Libertad, criterio y patria. Esta sí que es una herencia digna de celebración.
Feliz independencia.
domingo, 7 de septiembre de 2014
La vida es un regalo
"La vida es un regalo"
Reflexiones sobre cómo el corazón no se arruga jamás
Ximena Fuentes
Psicóloga
sonparaescuchartemejor@gmail.com
Esta semana me sorprendió escuchando la historia de amor de una señora de 81 años. "Nunca antes he estado en esto de ir al psicólogo, así que disculpe si lo hago mal. Usted me dice, patoja" fue su saludo. Entró a la clínica con paso lento y pelo blanco, manos pecosas y ojos llenos. 81 años.
Sonreí entendiendo que esta no sería una sesión ordinaria: la vida me estaba concediendo un enorme privilegio.
"Se ha enamorado alguna vez?", me preguntó a quemarropa mientras se sentaba.
"Si..."-titubeante-"Me alegro. Yo también. Pero le digo, eso de enamorarse pasa una sola vez..."
Una sola vez? Pude escuchar cómo mi corazón crujió ante tan devastadora verdad. "Así dice el poeta, que una sola vez llega el amor. Que las demás veces son solo intentos nuestros de replicar ese sentimiento" llegué a responder mientras intentaba contener un suspiro.
Su motivo de consulta era una problemática familiar común pero, según me dijo, eso no le quitaba el sueño. Me preguntó si podía utilizar el tiempo de la sesión para hablar de "cosas mas importantes". Asentí.
"Estaba algo nerviosa, le cuento. Pero mi nieto me dijo que ir al psicólogo era hablar de mi vida y por eso quiero hablar sobre el amor. La verdad es que uno no puede contar su vida sin hablar del amor. Ya ve que si uno no ha amado quiere decir que no vivió bien". Abrí los ojos en señal de sorpresa y, como buena psicóloga, traté de tomar una nota mental de esta genial enseñanza.
"Todo empezó cuando yo tenía 17 años. El se llamaba Luis...".
Seguí escuchando, fascinada, sobre un amor que duró casi cincuenta años.
Casi, porque Luis murió.
"Qué ha sido lo mas difícil, después de la muerte de Luis?"-pregunté.
Lo pensó por un momento.
"La soledad. Extraño llegar a la casa y que siempre hubiera alguien esperándome. No es lo mismo sola. Es que la vida no es de a uno, es de a dos".
"La soledad"-repetí.
"Sí. La soledad. Aunque se aprende a salir adelante. A sobrellevarla.
Pero, sabe? esta fuerza y esta alegría que tengo se la debo a Luis, porque todo esto que le cuento,patoja, se resume en una frase que él repetía mucho: la vida no siempre está envuelta en papel bonito ni trae moña, pero agradecela porque sigue siendo un regalo".
Reflexiones sobre cómo el corazón no se arruga jamás
Ximena Fuentes
Psicóloga
sonparaescuchartemejor@gmail.com
Esta semana me sorprendió escuchando la historia de amor de una señora de 81 años. "Nunca antes he estado en esto de ir al psicólogo, así que disculpe si lo hago mal. Usted me dice, patoja" fue su saludo. Entró a la clínica con paso lento y pelo blanco, manos pecosas y ojos llenos. 81 años.
Sonreí entendiendo que esta no sería una sesión ordinaria: la vida me estaba concediendo un enorme privilegio.
"Se ha enamorado alguna vez?", me preguntó a quemarropa mientras se sentaba.
"Si..."-titubeante-"Me alegro. Yo también. Pero le digo, eso de enamorarse pasa una sola vez..."
Una sola vez? Pude escuchar cómo mi corazón crujió ante tan devastadora verdad. "Así dice el poeta, que una sola vez llega el amor. Que las demás veces son solo intentos nuestros de replicar ese sentimiento" llegué a responder mientras intentaba contener un suspiro.
Su motivo de consulta era una problemática familiar común pero, según me dijo, eso no le quitaba el sueño. Me preguntó si podía utilizar el tiempo de la sesión para hablar de "cosas mas importantes". Asentí.
"Estaba algo nerviosa, le cuento. Pero mi nieto me dijo que ir al psicólogo era hablar de mi vida y por eso quiero hablar sobre el amor. La verdad es que uno no puede contar su vida sin hablar del amor. Ya ve que si uno no ha amado quiere decir que no vivió bien". Abrí los ojos en señal de sorpresa y, como buena psicóloga, traté de tomar una nota mental de esta genial enseñanza.
"Todo empezó cuando yo tenía 17 años. El se llamaba Luis...".
Seguí escuchando, fascinada, sobre un amor que duró casi cincuenta años.
Casi, porque Luis murió.
"Qué ha sido lo mas difícil, después de la muerte de Luis?"-pregunté.
Lo pensó por un momento.
"La soledad. Extraño llegar a la casa y que siempre hubiera alguien esperándome. No es lo mismo sola. Es que la vida no es de a uno, es de a dos".
"La soledad"-repetí.
"Sí. La soledad. Aunque se aprende a salir adelante. A sobrellevarla.
Pero, sabe? esta fuerza y esta alegría que tengo se la debo a Luis, porque todo esto que le cuento,patoja, se resume en una frase que él repetía mucho: la vida no siempre está envuelta en papel bonito ni trae moña, pero agradecela porque sigue siendo un regalo".
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