Se preparó por semanas. El traje y los cuernos. Los ensayos.
Enorme expectativa y hasta invitaciones. Y al fin se llegó el tan esperado día: la presentación de Expresión Artística del Segundo grado de Primaria con la obra "La Bella Durmiente". Ella representaba el papel mas interesante de todos: la maléfica.
Intuí su genialidad artística cuando la escuché practicar la carcajada sonora que nos caracteriza a los villanos. Sencillamente genial.
La cita era para un jueves por la tarde, un jueves de horario particularmente complicado. Traté de organizar compromisos, cancelé sesiones, hice cálculos mentales de kilómetros y minutos con el afán de cumplir. Cargué la cámara de fotos y mandé un mensaje a su mamá: "Amiga, voy en camino. Guardame lugar". Pasé por unas flores moradas para congratular a la malvada villana (y confieso que nunca antes había hecho esto por otra mujer, pero es que esta nena es una dama). Y, corriendo con prisa frenética, tomé rumbo.
Caos vial. Llovizna. Malos cálculos."Ya se terminó, amiga, pero llegate a la casa. Te esperamos con pizza"-leía el mensaje que me encontró convertida en una mujer severamente frustrada a un lado de la Calzada Roosevelt luchando contra un mar de carros estancados y con los ojos llorosos.
"Le fallé", pensé mientras recordaba el día en el que esta genial niña ablandó mi corazón de villana. Fue hace algunos meses. Me llamó por teléfono para pedirme que fuera su madrina."Estás segura de que voy a hacer un buen trabajo? Creés vos que voy a ser un buen ejemplo?"-"Sip"- con demasiada seguridad para tener solo 7 años-."Démosle, pues" (con lágrimas en los ojos pero sin perder la compostura). Y justamente pensé en esa frase mientras cruzaba al Periférico. "No estoy haciendo bien mi trabajo. Me lo perdí, soy un mal ejemplo y un mal ser humano".
Llegué a su casa y me recibió con el disfraz aun puesto: "Que bueno que veniste". Sonreí avergonzada. "Perdoná lo tarde..." justificación que se vio interrumpida por el abrazo mas cariñoso y genuino del mundo.
Mientras me abrazaba entendí: es ella quien está dándome un buen ejemplo a mí. Era yo quien debía aprender. Y ese jueves por la tarde llegué a recibir la lección mas importante de todas: el verdadero amor es incondicional.
A pesar de mis fallas y miles de defectos, ella me recibió con amor genuino, cuernos negros y ojos brillantes: "Pasá, Ximena. Vamos a pedir una pizza".
La villana disfrazada me mostró su corazón puro, sin rencores ni vinagres. Un corazón perdonador que sonríe, agradece y abraza a pesar de las decepciones. Lección agradecida.
Me dedicó una de esas miradas que solo las villanas disfrazadas conocemos mientras le daba la primer mordida a su pizza. Se la devolví con gusto.
Y es que son esas miradas las que nos delatan tal y como somos: malas por fuera, buenas por dentro.
"Tomémonos una foto, pues. Poné cara de Maléfica!" Pero no pudo, y es que el corazón se le sale por los ojos. (Y a la prueba me remito).
P.D. Ayer fue el cumpleaños número 8 de esta princesa. Felicidades, Sofi.
domingo, 21 de septiembre de 2014
domingo, 14 de septiembre de 2014
Tradiciones y estereotipos: lo que los padres heredamos a nuestros hijos
Nuestros hijos. Nos esforzamos día a día por darles un futuro mejor y entendemos que en este esfuerzo se encuentran condensados la responsabilidad y el orgullo que implica el ser padres. Personalmente, he de decir que la herencia que quiero dejar a mis hijos se resume en proporcionarles la mejor educación que mis circunstancias me permitan. La habilidad de enfrentar la adversidad y convertirla en oportunidad.Y, de ser posible, unos cuantos quetzales bien ganados. Esto y una que otra tradición.
Una que otra, digo, pues hay algunas que preferiría no dejarles.
Me pasa todos los años durante estas fechas. No comprendo las razones de ciertas tradiciones con las que celebramos las fiestas patrias. Confieso que no le encuentro mucho sentido a las antorchas y los desfiles. Pero, personalmente, detesto la vergonzosa costumbre de disfrazar a los niños "de indito" para que vendan en el "mercadito". Y me molesta aun mas que sean los centros educativos quienes promuevan esta costumbre.
Reflexionemos un poco y consideremos lo siguiente: ¿qué valor estamos perpetuando con esta práctica? ¿Qué riqueza cultural le significa este estereotipo al país? ¿Qué le estamos enseñando a nuestros hijos por medio de esta tradición?
El hecho de que nosotros, padres de familia e instituciones educativas, no comprendamos el racismo del acto es precisamente la muestra mas clara de que somos un país racista desde la raíz.
Y no solo se trata de "disfrazar" a nuestros hijos de una etnia que no les corresponde. Ser indígena no es algo de lo que haya que disfrazarse. Pero creo que lo peor de todo no es el estereotipo que esta tradición implica. Lo peor es que a los niños, nuestros hijos, se les dice que esto es ser patriota. Y eso es lamentable.
Los padres somos responsables de inculcar y transmitir valores a nuestros hijos. Es por esta razón, y en celebración a la independencia, que los invito a reflexionar sobre esta tradición y evaluar su postura. Esta es mi forma de celebrar las fiestas patrias y construir un mejor país para mi y para mis hijos.
Reflexionemos sobre las tradiciones que heredamos a nuestras futuras generaciones. Ejerzamos nuestro derecho a cuestionar lo que siempre ha sido y a dejar atrás tradiciones racistas. Ejerzamos la libertad de criterio, que tanta falta nos hace para construir un mejor país.
Libertad, criterio y patria. Esta sí que es una herencia digna de celebración.
Feliz independencia.
Una que otra, digo, pues hay algunas que preferiría no dejarles.
Me pasa todos los años durante estas fechas. No comprendo las razones de ciertas tradiciones con las que celebramos las fiestas patrias. Confieso que no le encuentro mucho sentido a las antorchas y los desfiles. Pero, personalmente, detesto la vergonzosa costumbre de disfrazar a los niños "de indito" para que vendan en el "mercadito". Y me molesta aun mas que sean los centros educativos quienes promuevan esta costumbre.
Reflexionemos un poco y consideremos lo siguiente: ¿qué valor estamos perpetuando con esta práctica? ¿Qué riqueza cultural le significa este estereotipo al país? ¿Qué le estamos enseñando a nuestros hijos por medio de esta tradición?
El hecho de que nosotros, padres de familia e instituciones educativas, no comprendamos el racismo del acto es precisamente la muestra mas clara de que somos un país racista desde la raíz.
Y no solo se trata de "disfrazar" a nuestros hijos de una etnia que no les corresponde. Ser indígena no es algo de lo que haya que disfrazarse. Pero creo que lo peor de todo no es el estereotipo que esta tradición implica. Lo peor es que a los niños, nuestros hijos, se les dice que esto es ser patriota. Y eso es lamentable.
Los padres somos responsables de inculcar y transmitir valores a nuestros hijos. Es por esta razón, y en celebración a la independencia, que los invito a reflexionar sobre esta tradición y evaluar su postura. Esta es mi forma de celebrar las fiestas patrias y construir un mejor país para mi y para mis hijos.
Reflexionemos sobre las tradiciones que heredamos a nuestras futuras generaciones. Ejerzamos nuestro derecho a cuestionar lo que siempre ha sido y a dejar atrás tradiciones racistas. Ejerzamos la libertad de criterio, que tanta falta nos hace para construir un mejor país.
Libertad, criterio y patria. Esta sí que es una herencia digna de celebración.
Feliz independencia.
domingo, 7 de septiembre de 2014
La vida es un regalo
"La vida es un regalo"
Reflexiones sobre cómo el corazón no se arruga jamás
Ximena Fuentes
Psicóloga
sonparaescuchartemejor@gmail.com
Esta semana me sorprendió escuchando la historia de amor de una señora de 81 años. "Nunca antes he estado en esto de ir al psicólogo, así que disculpe si lo hago mal. Usted me dice, patoja" fue su saludo. Entró a la clínica con paso lento y pelo blanco, manos pecosas y ojos llenos. 81 años.
Sonreí entendiendo que esta no sería una sesión ordinaria: la vida me estaba concediendo un enorme privilegio.
"Se ha enamorado alguna vez?", me preguntó a quemarropa mientras se sentaba.
"Si..."-titubeante-"Me alegro. Yo también. Pero le digo, eso de enamorarse pasa una sola vez..."
Una sola vez? Pude escuchar cómo mi corazón crujió ante tan devastadora verdad. "Así dice el poeta, que una sola vez llega el amor. Que las demás veces son solo intentos nuestros de replicar ese sentimiento" llegué a responder mientras intentaba contener un suspiro.
Su motivo de consulta era una problemática familiar común pero, según me dijo, eso no le quitaba el sueño. Me preguntó si podía utilizar el tiempo de la sesión para hablar de "cosas mas importantes". Asentí.
"Estaba algo nerviosa, le cuento. Pero mi nieto me dijo que ir al psicólogo era hablar de mi vida y por eso quiero hablar sobre el amor. La verdad es que uno no puede contar su vida sin hablar del amor. Ya ve que si uno no ha amado quiere decir que no vivió bien". Abrí los ojos en señal de sorpresa y, como buena psicóloga, traté de tomar una nota mental de esta genial enseñanza.
"Todo empezó cuando yo tenía 17 años. El se llamaba Luis...".
Seguí escuchando, fascinada, sobre un amor que duró casi cincuenta años.
Casi, porque Luis murió.
"Qué ha sido lo mas difícil, después de la muerte de Luis?"-pregunté.
Lo pensó por un momento.
"La soledad. Extraño llegar a la casa y que siempre hubiera alguien esperándome. No es lo mismo sola. Es que la vida no es de a uno, es de a dos".
"La soledad"-repetí.
"Sí. La soledad. Aunque se aprende a salir adelante. A sobrellevarla.
Pero, sabe? esta fuerza y esta alegría que tengo se la debo a Luis, porque todo esto que le cuento,patoja, se resume en una frase que él repetía mucho: la vida no siempre está envuelta en papel bonito ni trae moña, pero agradecela porque sigue siendo un regalo".
Reflexiones sobre cómo el corazón no se arruga jamás
Ximena Fuentes
Psicóloga
sonparaescuchartemejor@gmail.com
Esta semana me sorprendió escuchando la historia de amor de una señora de 81 años. "Nunca antes he estado en esto de ir al psicólogo, así que disculpe si lo hago mal. Usted me dice, patoja" fue su saludo. Entró a la clínica con paso lento y pelo blanco, manos pecosas y ojos llenos. 81 años.
Sonreí entendiendo que esta no sería una sesión ordinaria: la vida me estaba concediendo un enorme privilegio.
"Se ha enamorado alguna vez?", me preguntó a quemarropa mientras se sentaba.
"Si..."-titubeante-"Me alegro. Yo también. Pero le digo, eso de enamorarse pasa una sola vez..."
Una sola vez? Pude escuchar cómo mi corazón crujió ante tan devastadora verdad. "Así dice el poeta, que una sola vez llega el amor. Que las demás veces son solo intentos nuestros de replicar ese sentimiento" llegué a responder mientras intentaba contener un suspiro.
Su motivo de consulta era una problemática familiar común pero, según me dijo, eso no le quitaba el sueño. Me preguntó si podía utilizar el tiempo de la sesión para hablar de "cosas mas importantes". Asentí.
"Estaba algo nerviosa, le cuento. Pero mi nieto me dijo que ir al psicólogo era hablar de mi vida y por eso quiero hablar sobre el amor. La verdad es que uno no puede contar su vida sin hablar del amor. Ya ve que si uno no ha amado quiere decir que no vivió bien". Abrí los ojos en señal de sorpresa y, como buena psicóloga, traté de tomar una nota mental de esta genial enseñanza.
"Todo empezó cuando yo tenía 17 años. El se llamaba Luis...".
Seguí escuchando, fascinada, sobre un amor que duró casi cincuenta años.
Casi, porque Luis murió.
"Qué ha sido lo mas difícil, después de la muerte de Luis?"-pregunté.
Lo pensó por un momento.
"La soledad. Extraño llegar a la casa y que siempre hubiera alguien esperándome. No es lo mismo sola. Es que la vida no es de a uno, es de a dos".
"La soledad"-repetí.
"Sí. La soledad. Aunque se aprende a salir adelante. A sobrellevarla.
Pero, sabe? esta fuerza y esta alegría que tengo se la debo a Luis, porque todo esto que le cuento,patoja, se resume en una frase que él repetía mucho: la vida no siempre está envuelta en papel bonito ni trae moña, pero agradecela porque sigue siendo un regalo".
domingo, 31 de agosto de 2014
Reflexiones de una mujer abnegada en recuperación (parte 1)
Esta semana se celebró a Santa Mónica. Me enteré por Facebook. No soy devota del santoral pero, por curiosidad, decidí investigar a la denominada "patrona de las mujeres casadas y modelo de las madres cristianas". Enorme título. Colosal responsabilidad esa de ser spokesperson para tan noble y complicada causa.
Decidí googlear y en unos cuantos minutos aprendí sobre la historia de su hijo rebelde, de su padre autoritario, de su violento y luego arrepentido esposo. Pero de ella, nada. Nada. Solo que 9 de las 10 entradas consultadas se referían a Mónica como una "mujer abnegada". Abnegada.
Según la RAE "abnegado/a" es aquel que "sacrifica o renuncia voluntariamente a sus pasiones, deseos o intereses en favor del prójimo".
Confieso que mi primer pensamiento fue: !Chanfle!.
Y es que soy mujer. Soy madre. Soy casada. Soy cristiana. Pero no quiero ser abnegada. No quiero sacrificar mi vida renunciando a mis proyectos y metas y pasiones por el prójimo. No gracias. Tengo un propósito por cumplir y no voy a claudicar.
Y lo sé muy bien: tanto el matrimonio como la maternidad son sinónimo de cambio y de nuevas experiencias. Ambos sucesos nos permiten una nueva y enriquecida perspectiva de lo que es vivir. Pero de esto a la anulada abnegación hay muchísima diferencia. La abnegación es sinónimo de pérdida. De renunciar a mi misma y mi propósito por otros. Otros que no me piden renunciar a mi vida por ellos. Otros que cumplirán sus propios fines y seguirán su propio camino. Y si vivimos a través de estos otros nos perdemos el verdadero tesoro que es nuestra existencia. Y esto si que no se vale.
Mujeres. A veces nos concentramos tanto en hacer felices a otros que nos olvidamos de nosotras mismas. Y lo único que logramos es vivir cansadas, perdidas y anuladas. Qué desperdicio.
Si nuestro saco de anhelos se encuentra vacío no tendremos nada que ofrecer. Si insistimos en apagar nuestra propia luz, cómo enriqueceremos la vida de otros?
Nuestros hijos y esposo y familia y amigos nos necesitan. Claro que sí. Necesitan de nuestro consuelo y cariño. Necesitan de nuestra protección y afecto.
Sin embargo, lo que nuestros hijos realmente necesitan de nosotras, mujeres, es un buen ejemplo. Un modelo a seguir.
Yo no sé mucho de la vida pero puedo asegurar que una mujer plena y satisfecha es capaz de dar un mejor ejemplo. Y que una mujer que se esmera en cumplir los sueños que tiene dentro del corazón es el mejor modelo a seguir.
Y que, sin duda, los niños estarán mejor si tienen una mamá feliz. (Continuará)
Decidí googlear y en unos cuantos minutos aprendí sobre la historia de su hijo rebelde, de su padre autoritario, de su violento y luego arrepentido esposo. Pero de ella, nada. Nada. Solo que 9 de las 10 entradas consultadas se referían a Mónica como una "mujer abnegada". Abnegada.
Según la RAE "abnegado/a" es aquel que "sacrifica o renuncia voluntariamente a sus pasiones, deseos o intereses en favor del prójimo".
Confieso que mi primer pensamiento fue: !Chanfle!.
Y es que soy mujer. Soy madre. Soy casada. Soy cristiana. Pero no quiero ser abnegada. No quiero sacrificar mi vida renunciando a mis proyectos y metas y pasiones por el prójimo. No gracias. Tengo un propósito por cumplir y no voy a claudicar.
Y lo sé muy bien: tanto el matrimonio como la maternidad son sinónimo de cambio y de nuevas experiencias. Ambos sucesos nos permiten una nueva y enriquecida perspectiva de lo que es vivir. Pero de esto a la anulada abnegación hay muchísima diferencia. La abnegación es sinónimo de pérdida. De renunciar a mi misma y mi propósito por otros. Otros que no me piden renunciar a mi vida por ellos. Otros que cumplirán sus propios fines y seguirán su propio camino. Y si vivimos a través de estos otros nos perdemos el verdadero tesoro que es nuestra existencia. Y esto si que no se vale.
Mujeres. A veces nos concentramos tanto en hacer felices a otros que nos olvidamos de nosotras mismas. Y lo único que logramos es vivir cansadas, perdidas y anuladas. Qué desperdicio.
Si nuestro saco de anhelos se encuentra vacío no tendremos nada que ofrecer. Si insistimos en apagar nuestra propia luz, cómo enriqueceremos la vida de otros?
Nuestros hijos y esposo y familia y amigos nos necesitan. Claro que sí. Necesitan de nuestro consuelo y cariño. Necesitan de nuestra protección y afecto.
Sin embargo, lo que nuestros hijos realmente necesitan de nosotras, mujeres, es un buen ejemplo. Un modelo a seguir.
Yo no sé mucho de la vida pero puedo asegurar que una mujer plena y satisfecha es capaz de dar un mejor ejemplo. Y que una mujer que se esmera en cumplir los sueños que tiene dentro del corazón es el mejor modelo a seguir.
Y que, sin duda, los niños estarán mejor si tienen una mamá feliz. (Continuará)
domingo, 24 de agosto de 2014
Sobre las expectativas y la abominable crisis de la mediana edad (parte II)
La semana pasada compartí con ustedes mi visión sobre la crisis de la mediana edad y las expectativas socialmente impuestas. Hablamos sobre los anhelos e ideales y cómo estos se convierten en ese camino que se nos obliga a transitar y que no nos permite "desvíos de ruta". Y sin embargo, llegamos a concluir que es gracias a estos "desvíos" que nuestra vida es hoy tan plena como es. Las cicatrices son medallas. Esta lección de plenitud la aprendemos justo durante la "crisis de la mediana edad".
Por experiencia propia sé que las situaciones "negativas" han enriquecido quien soy y me han preparado para lo que ha de venir. Rupturas de corazón, lágrimas, deudas, amores fuera de tiempo e incluso enfermedades han hecho de mí una mejor persona. Esto puedo agradecérselo a la vida y a los casi cuarenta años que tengo.
¿Que cómo afronto la abominable crisis de la mediana edad?
Asumiéndola con la mayor dignidad posible.
Y es que, hoy por hoy, soy aquella que tiene una cuenta en Pintrest llena de decoraciones de casa y recetas.
Pertenezco a un grupo de la iglesia (y lo hago de voluntad propia).
Llevo a mis hijos al entreno de natación (o foot o hockey) y hago porra con las otras de mi especie y uso mis zapatos de "mamá en kermesse" ( aquellos que combinan con el cardigan al cuello, la vicera y la camisa polo).
Leo todos los suplementos de ofertas y hasta estoy enterada de que los jueves es "noche de mercado" en el super).
Compro para evadir las penas,: no importa si son zapatos o verduras.
Y veo el show de Oprah los miércoles por la tarde con una taza de café en mano.Y , solo a veces, uso mi saco blanco para ir a desayunar con amigas a Plaza Decorísima.
Al referirse a mí, los desconocidos me llaman "Señora".
Asumo dignamente esto de ser señora y soy una doña a la que le gusta bailar y cantar (aunque sea pésima para ambas). Y, a mis casi 40, me encanta hacer bromas. Y leer a Mafalda. Y tener una cama elástica en mi jardín (y hacer uso de ella).
Y amo pedir individual de papel y crayones de cera en los restaurantes ( y, en días de verdadera locura, hasta me permito pintar fuera de la línea). Y empiezo mis frases con un resignado "En mis tiempos..." cuando hablo con otros.
Y me compro siempre una Cajita Feliz y me tomo mi tiempo escogiendo el juguete mas chilero. Y guardo celosamente mi "primera edición" de "Barbuchín" que dice Linda Ximena Fuentes Molina 2do. "B" en una etiqueta de Hello Kitty.
Y creo que cada época pasada nos hace quienes somos hoy. Y que los recuerdos son lo mas preciado que tenemos. Y también creo que ser viejo de edad no riñe con ser joven de actitud. Y que, aunque pasen los años, el corazón no se arruga. Y a diario doy gracias a Dios por esto.
Por experiencia propia sé que las situaciones "negativas" han enriquecido quien soy y me han preparado para lo que ha de venir. Rupturas de corazón, lágrimas, deudas, amores fuera de tiempo e incluso enfermedades han hecho de mí una mejor persona. Esto puedo agradecérselo a la vida y a los casi cuarenta años que tengo.
¿Que cómo afronto la abominable crisis de la mediana edad?
Asumiéndola con la mayor dignidad posible.
Y es que, hoy por hoy, soy aquella que tiene una cuenta en Pintrest llena de decoraciones de casa y recetas.
Pertenezco a un grupo de la iglesia (y lo hago de voluntad propia).
Llevo a mis hijos al entreno de natación (o foot o hockey) y hago porra con las otras de mi especie y uso mis zapatos de "mamá en kermesse" ( aquellos que combinan con el cardigan al cuello, la vicera y la camisa polo).
Leo todos los suplementos de ofertas y hasta estoy enterada de que los jueves es "noche de mercado" en el super).
Compro para evadir las penas,: no importa si son zapatos o verduras.
Y veo el show de Oprah los miércoles por la tarde con una taza de café en mano.Y , solo a veces, uso mi saco blanco para ir a desayunar con amigas a Plaza Decorísima.
Al referirse a mí, los desconocidos me llaman "Señora".
Asumo dignamente esto de ser señora y soy una doña a la que le gusta bailar y cantar (aunque sea pésima para ambas). Y, a mis casi 40, me encanta hacer bromas. Y leer a Mafalda. Y tener una cama elástica en mi jardín (y hacer uso de ella).
Y amo pedir individual de papel y crayones de cera en los restaurantes ( y, en días de verdadera locura, hasta me permito pintar fuera de la línea). Y empiezo mis frases con un resignado "En mis tiempos..." cuando hablo con otros.
Y me compro siempre una Cajita Feliz y me tomo mi tiempo escogiendo el juguete mas chilero. Y guardo celosamente mi "primera edición" de "Barbuchín" que dice Linda Ximena Fuentes Molina 2do. "B" en una etiqueta de Hello Kitty.
Y creo que cada época pasada nos hace quienes somos hoy. Y que los recuerdos son lo mas preciado que tenemos. Y también creo que ser viejo de edad no riñe con ser joven de actitud. Y que, aunque pasen los años, el corazón no se arruga. Y a diario doy gracias a Dios por esto.
domingo, 17 de agosto de 2014
Sobre las expectativas y la abominable crisis de la mediana edad (parte I)
Sobre las expectativas y la abominable crisis de la mediana edad (parte I)
Según lo define la RAE, una expectativa es "la esperanza o la posibilidad de realizar o conseguir algo". Esperanza. Posibilidad. Palabras que, a pesar del tinte motivador, implican también la cruz de cargar con un "ideal", una meta impuesta que estamos obligados a cumplir. Esa efímera percepción de "la vida que deberíamos tener" considerando nuestras circunstancias personales. Ese estándar contra el cual lucharemos de por vida: que si el hombre ideal, que si el carro del año, que si la universidad mas prestigiosa, que si la tarjeta "platinium", que si el teléfono mas smart, que si las 110 libras. Y vivimos bajo la sombra de las infames expectativas.
A mi me sucedió. Crecí en un ambiente controlado en donde el plan a cumplir era tan sencillo como inviolable: Graduarse del bachillerato. Entrar a la universidad. Conseguir novio. Casarse (logrado este paso, el concluir los estudios universitarios era opcional). Comprar una casa. Tener un hijo. Tener otro. Inscribirlos en un "buen colegio". Y meta cumplida. Vida idílica. Y yo (siendo como soy) -tarde, en desorden y a regañadientes- logré cumplir todas y cada una de estas expectativas que se me exigían (y que yo misma aprendía a exigirme). Cumplí y hasta me di el lujo de aprender un par de lecciones en el proceso.
Según sucedieron las cosas, terminé el colegio un año tarde. Entré a la universidad y me gradué tarde. Entre la inscripción y la graduación universitarias viví un embarazo, una boda y dos hermosos hijos a quienes inscribí en el mejor colegio que pude. Y ya. Habiendo cumplido-mal que bien-con todas y cada una de las expectativas, me quedé sin plan. Desorientada y sin sentido. Ding-dong: la crisis de la mediana edad tocó a mi puerta cuando recién cumplí los 35 años.
El término crisis de la mediana edad (o la mal denominada "crisis de los 40") es utilizada para describir un período de cuestionamiento personal que comúnmente ocurre al alcanzar esa temida etapa entre la juventud y la vejez. Edad que incluye nuevas y aterradoras palabras a nuestra cotidianidad: menopausia, calvicie, canas, yerno y nuera. Etapa en la que nos sentimos patojos de 18 con 20 años agregados de experiencia, en la que los complejos y las propuestas subidas de tono ya no nos intimidan, en la que aprendemos a decir "no" y a perdonarnos los errores del pasado. Edad en la que tenemos todo (absolutamente todo) para ser felices.
Hoy puedo decir que la lección que me dejaron los treintayalgo es una sola:
salirse del plan establecido está bien. Corrijo, salirse del plan establecido es genial. Es genial y es un deber que nos debemos a nosotros mismos.
Crisis. Alguien me dijo que esta palabra comparte raíces etimológicas con términos como "cambio", "criterio" y "crecimiento". Y, entonces, le doy la bienvenida pues, si estos son sus componentes, la mediana es y será la mejor edad de mi vida.
(Continuará)
Según lo define la RAE, una expectativa es "la esperanza o la posibilidad de realizar o conseguir algo". Esperanza. Posibilidad. Palabras que, a pesar del tinte motivador, implican también la cruz de cargar con un "ideal", una meta impuesta que estamos obligados a cumplir. Esa efímera percepción de "la vida que deberíamos tener" considerando nuestras circunstancias personales. Ese estándar contra el cual lucharemos de por vida: que si el hombre ideal, que si el carro del año, que si la universidad mas prestigiosa, que si la tarjeta "platinium", que si el teléfono mas smart, que si las 110 libras. Y vivimos bajo la sombra de las infames expectativas.
A mi me sucedió. Crecí en un ambiente controlado en donde el plan a cumplir era tan sencillo como inviolable: Graduarse del bachillerato. Entrar a la universidad. Conseguir novio. Casarse (logrado este paso, el concluir los estudios universitarios era opcional). Comprar una casa. Tener un hijo. Tener otro. Inscribirlos en un "buen colegio". Y meta cumplida. Vida idílica. Y yo (siendo como soy) -tarde, en desorden y a regañadientes- logré cumplir todas y cada una de estas expectativas que se me exigían (y que yo misma aprendía a exigirme). Cumplí y hasta me di el lujo de aprender un par de lecciones en el proceso.
Según sucedieron las cosas, terminé el colegio un año tarde. Entré a la universidad y me gradué tarde. Entre la inscripción y la graduación universitarias viví un embarazo, una boda y dos hermosos hijos a quienes inscribí en el mejor colegio que pude. Y ya. Habiendo cumplido-mal que bien-con todas y cada una de las expectativas, me quedé sin plan. Desorientada y sin sentido. Ding-dong: la crisis de la mediana edad tocó a mi puerta cuando recién cumplí los 35 años.
El término crisis de la mediana edad (o la mal denominada "crisis de los 40") es utilizada para describir un período de cuestionamiento personal que comúnmente ocurre al alcanzar esa temida etapa entre la juventud y la vejez. Edad que incluye nuevas y aterradoras palabras a nuestra cotidianidad: menopausia, calvicie, canas, yerno y nuera. Etapa en la que nos sentimos patojos de 18 con 20 años agregados de experiencia, en la que los complejos y las propuestas subidas de tono ya no nos intimidan, en la que aprendemos a decir "no" y a perdonarnos los errores del pasado. Edad en la que tenemos todo (absolutamente todo) para ser felices.
Hoy puedo decir que la lección que me dejaron los treintayalgo es una sola:
salirse del plan establecido está bien. Corrijo, salirse del plan establecido es genial. Es genial y es un deber que nos debemos a nosotros mismos.
Crisis. Alguien me dijo que esta palabra comparte raíces etimológicas con términos como "cambio", "criterio" y "crecimiento". Y, entonces, le doy la bienvenida pues, si estos son sus componentes, la mediana es y será la mejor edad de mi vida.
(Continuará)
domingo, 10 de agosto de 2014
La imprescindible Dosis Diaria de Drama que necesitamos
La imprescindible Dosis Diaria de Drama que necesitamos
(y de cómo José José ha ejercido una enorme influencia en nuestra vida).
Personalmente, puedo decir que no soy fan de la primera. Pero confieso que le he dedicado bastantes lágrimas a José José y su lírica. Y no me arrepiento, es parte de la vida. De alguna manera, esto de amar y sufrir es algo que nos debemos a nosotros mismos. Una experiencia de vida obligatoria si es que buscamos madurar en las (siempre complicadas) cosas del amor.
"Y es que amar y querer no es igual: amar es sufrir, querer es gozar" repite el Príncipe de la Canción en el viejo vinilo que atesoro desde mi infancia.
¿Será por esto del "amar y sufrir" que cedemos el mejor de los lugares de nuestro corazón a aquel amor que nos hizo llorar como nadie mas? ¿Será que aquel individuo a quien le debemos las mas amargas lágrimas, los enojos mas viscerales y las mas largas noches de insomnio es a quien la vida nos ha asignado como nuestro gran amor?
No tengo evidencia mas que circunstancial (propia y ajena) recolectada a lo largo de mi experiencia (como terapeuta, como amiga y como eterna enamorada), pero creo que todo ser humano necesita una Dosis Diaria de Drama para sentirse feliz.
Puede sonar contradictorio, pero procuraré explicar este fenómeno de las 4D de la mejor manera posible. Ya verán que la Psicología me respalda en esta hipótesis.
Empecemos con un poco de historia: desde el inicio de los tiempos nos encontramos inundados por imágenes de parejas idílicas que sostienen relaciones turbulentas (mismas que nos hacen suspirar a todo pulmón).
Si observamos con atención, comprendemos que todas y cada una de estas parejas comparten un rasgo común: el nivel de drama novelesco entre ellos es perfectamente proporcional a la cantidad de amor que se profesan mutuamente. Sea un idilio real o ficticio, consideramos que una pareja buena es aquella en donde hay bastante drama.
Es decir, a mayor drama, mas amor. Y viceversa.
Para todo Romeo existe una Julieta. Para toda Frida hay un Diego. Y así, drama personificado para todos y para cada uno.
Es así como, a pesar de los años y las experiencias, atesoramos la relación aquella en donde hubo mas drama, donde nos compenetramos profundamente con el otro, aquella en donde invertimos nuestras mejores lágrimas. La relación tormentosa que nos " hizo sentir vivos".
Por otro lado, pregonamos (hipócritamente) que buscamos la estabilidad emocional en nuestras relaciones. Que deseamos una pareja que nos proporcione la tan anhelada seguridad eterna pues solo añoramos envejecer juntos y vivir en paz.
Sin embargo sabemos que cuando falta el drama en nuestra cotidianidad, nos aburrimos. Y anhelamos con el alma aquel tiempo de adrenalina romántica, dudas, mariposas y el inevitable llanto.
Y entonces, si nos encontramos ante una necesidad casi biológica de turbulencia dramática que compite contra la monotonía, el conformismo y el aburrimiento, ¿cómo hacemos para lograr una relación satisfactoria?
Es justamente aquí en donde debemos plantear un punto de diferenciación.
Primeramente, estamos las personas emotivas. Digo, las que mantenemos contacto cercano con nuestras emociones y que, de pronto, nos vemos confrontadas por estas. Si estamos enojados, contrariados, en desacuerdo o sencillamente amanecimos llorones, los demás van a saberlo. Y vamos a asegurarnos de ello escudándonos en la trillada actitud de "vivir genuinamente".
Sin embargo, ejercitar eso del corazón roto, bolero y caja de kleenex a nivel profesional es diferente. Este grupo de personas son los segundos en cuestión. Dice la Psicología que hay quienes son adictos al drama. Sí, biológicamente adictos a la adrenalina y al estado de euforia que generan los conflictos. Estas personas- usualmente-viven las relaciones como sinónimo de drama, llegando inclusive a confundir “la intensidad” con el sentimiento real. Y así es como los celos, las peleas y los gritos se justifican en su cotidianidad,generando la convicción de que todo este sufrimiento se vive en nombre del amor.
Por tanto-y muy a pesar del mal ejemplo que nos plantea José José-el dolor, el sufrimiento, las peleas y las ostentosas reconciliaciones (tan comunes en las parejas dramáticas) no implican que la relación sea más autentica ni más profunda.
De vernos identificados con esta problemática, será importante entender el por qué nos encontramos envueltos en este tipo de relaciones, especialmente si tendemos a repetir el patrón. Este será el punto de partida hacia una vida emocional mas sana.
Como todo lo que vivimos, las relaciones que establecemos con otros tienen un propósito de aprendizaje. Es por medio de estas que buscamos la superación personal y logramos conocernos a nosotros mismos.
Y entonces, ¿qué podemos aprender de una relación basada en el drama?
Podemos aprender a perdonar, a manejar la rabia y la frustración. A ser mas empáticos y menos egoístas. A aceptar a otros y a vernos en el espejo de sus defectos. A valorarnos.
Dicen que el primer paso importante hacia la plenitud es aceptar nuestras debilidades y problemas. Que solo si estamos conscientes de los mismos podremos empezar a trabajar en solucionarlos. Que de toda experiencia ganamos sabiduría. Así que toca aprender, crecer y agradecer. Para esto es que sirven las relaciones, inclusive las dramáticas.
Y por último podemos también aprender un par de canciones de José José, les prometo que no estarán de mas en el playlist de cualquier corazón.
Larga vida al Príncipe.
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